Me vine a nacer un día del mes de octubre del año 1960 en la villa de Mombeltrán, para ese tiempo perteneciente a la provincia de Ávila y al partido judicial de Arenas de San Pedro.

En mi documentación administrativa se establece que lo hice el día 6, pero mi madre, que de eso seguro que se enteró, siempre sostuvo que fue el día 7; celebrándolo yo con amistades el día seis, pero felicitándome ella, en exclusiva, ese día siete. El porqué de tal desajuste vinieron a contármelo años más tarde, como una curiosa anécdota, habiéndose producido esta a causa del mareo y falta de tino que la ingestión de vino azufrado provocara en el juez de paz de entonces, no acertando este por tal motivo a fijar con nitidez, ajuste, exactitud y firmeza la fecha del día en la cuadrícula habilitada al efecto, realizando infinitas tachaduras queriendo enmendar el error y desgarrando el papel por ello, indicándole mi padre entonces que no continuara con el desarreglo y que dejara lo último que había puesto, siendo entonces el día 6 lo que viniera a aparecer en dicho juzgado.

Unos días después, llegado el tiempo de cristianarme, mis padres pusieron en conocimiento del páter oficiador de entonces tal desajuste en la fecha, desconociendo yo hasta este momento si lo hicieron porque pensaran que vendrían a cometer algún tipo de pecado, si a un nacido se le bautizaba invocando un día de nacimiento que no le correspondía, o si al comunicárselo al vicario de Cristo, podría este mediar milagrosamente y arreglar lo que las tachaduras y el aguapié habían procurado. Entiendo que al cura debería darle lo mismo y le quitaría importancia, pues no recurrió a la justicia divina y abogó por la terrenal, no pidiendo el cambio de tal fecha, ni orando jaculatorias para que se obrase algún milagro y la cambiase, ni excomulgó al juez beodo por la comisión de tal desajuste, tragando él saliva, accediendo al error e inscribiendo en el registro parroquial el día 6.
Crecí después entre huertos, vacas, campos de higueras, olivos y vides, cual amapola. Criándome mucho mis abuelos, pues mis padres trabajaron como mulas, como prácticamente todos los padres de aquella época, tiempos muy difíciles todavía, pues aunque la España de entonces comenzaba a salir del hondísimo pozo que le había sumido una postguerra llena de privaciones y dificultades, las carencias de todo tipo abundaban, incluso esa que ahora nombran como conciliación de la vida familiar.
Considero que fui un niño feliz, al menos todo lo feliz que se podía ser en el barrio de La Cuesta, junto a otras familias y abundante chiquillería que por entonces llenaba el barrio: casas, huertas, casillas, corrales, vaquerías, fonda y pensión, una herrería, dos obradores de cacharros de barro y hasta un matadero municipal. No había tiempo para aburrirse. Entrando desde la plaza del Ayuntamiento, estaba la posada de la tía Ufe (Eufemia), a la que se accedía por un gran portalón de piedra hasta el zaguán, tan amplio que cabían en él carretas y caballerías. Ahora es un solar, conservando de todo aquello la piedra del umbral de entrada, con dos canales o guías para que pasasen las ruedas de los carros con comodidad sobre ellas. La tía Ufe estaba casada con Pedro, criando una prole numerosa, como casi todos en el barrio. Como hijos estaban Francisco, Antonia, Evaristo, Lorenzo (Porrete), Saturnina (Capato), José (Moreno), Teodoro, Pedro y Demetrio.
Continuando por esa misma calle de La Cuesta, que también daba nombre al barrio, otra familia que tampoco se quedaba atrás en cuanto a número de componentes, los cuales se daban cita en la fonda de la tía Teresa (la Portuguesa), casada con José (de los Riveros), que como hijos tenían a Lorenzo (Portu), Saturnina (Chati), Fernando, Eustaquio, José, Vicente, Víctor (Vitorio) y Mª Ramona (Ramoni).
Enfrente, separados por una calle de poco más de cuatro metros, vivía yo, hijo de Genaro (el de El Caminero) y Laura, la hija de Luis, el Temprano, junto con mi hermana Isabel. Debajo del primer piso de la casa estaba la cuadra de las vacas, los chotos y las mulas; y eso fue así hasta que mis padres compraron un terreno a las afueras del pueblo y trasladamos hasta allí todo el ganado y parte de nuestra vida y trabajos.
Pared seguida de la fonda de la tía Teresa, estaba la herrería del tío Vale, quien realmente se llamaba Martín, casado con Clotilde, la tía Cloti, que criaban a Maximiliana, Milagros, Mª Jesús (Maruchi) y Ángel (Gallardo), ayudante y gran maestro herrero y trabajador de forja cuando ya las caballerías fueron escaseando y esquilar y herrar dio paso a realizar trabajos de balcones, ventanas o rejas de hierro.
(En construcción)
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